Yemayá

Dioses y deidades · Deidades africanas subsaharianas

Yemayá

Yemayá: el vientre azul de las mareas

La madre del agua salada

Si Oshún es la juventud del río, Yemayá es la madurez del océano, el útero inmenso de donde surgió toda la vida sobre la Tierra. Ella es la reina de las aguas saladas, la gran madre cuyos vestidos están hechos de espuma blanca y olas de un azul tan profundo que linda con la noche. Su carácter es tan vasto y cambiante como el mar que gobierna: en un momento es el arrullo suave de la marea que lame la arena de la playa, consolando a los afligidos; al siguiente, es la resaca violenta que arrastra los barcos hacia el abismo y destroza los acantilados con la fuerza de un gigante herido. Es considerada la madre de la mayoría de los Orishas, la que los amamantó en su pecho generoso y la que vigila sus caminos con el celo de una leona marina. Su energía está vinculada a la luna, que responde a sus llamadas elevando y bajando las mareas según sus estados de ánimo. Para Yemayá, todos los seres humanos son sus hijos legítimos, pues cada uno de ellos pasó sus primeros meses de existencia suspendido en el agua salada del vientre materno.

El nacimiento de las aguas del mundo

En el principio de los tiempos, Yemayá vivía en las tierras altas, pero su poder era tan desbordante que su cuerpo no podía contener la cantidad de agua que llevaba dentro. Un día, acosada por las tensiones de los mundos terrenal y espiritual, su vientre se abrió en un cataclismo de proporciones cósmicas. De su cuerpo brotaron los ríos, las lagunas y los mares, inundando los valles secos y creando los océanos del planeta. Con el torrente de sus aguas nacieron también las deidades de la caza, de la guerra, de la enfermedad y del viento. Ella no solo dio a luz a los dioses, sino que les asignó sus dominios, asegurándose de que cada uno tuviera un lugar en el orden del mundo. Desde entonces, el mar es su palacio, un reino de silencio y penumbras donde guarda los secretos más antiguos de la creación, tesoros hundidos y los huesos de aquellos que se atrevieron a desafiar su inmensidad sin mostrarle el debido respeto.

La protectora de las almas perdidas

Yemayá es la deidad del consuelo y la estabilidad mental. Su cabeza es el templo de la cordura; cuando las tormentas de la vida quiebran el espíritu de los hombres, es a ella a quien acuden para recuperar el equilibrio. Su danza es majestuosa: se mueve girando sobre sí misma como las olas del océano, imitando el vaivén del agua, abriendo sus brazos para acoger a los desamparados y barriendo con sus faldas anchas las impurezas y las malas energías de quienes se acercan a su orilla. Lleva un collar de siete hilos de cuentas de cristal azul y blanco, y su herramienta es el *Agbé*, un abanico hecho de plumas de pavo real y decorado con conchas marinas que utiliza para refrescar las frentes afiebradas. Es la patrona de los pescadores, de los marinos y de todos aquellos que deben cruzar las aguas para sobrevivir. A lo largo de la historia, cuando las naves negreras cruzaban el Atlántico cargadas de hombres despojados de su tierra, Yemayá viajó con ellos bajo la quilla de los barcos, amortiguando los golpes de las olas y recogiendo las almas de los que caían al agua para devolverles la libertad en las profundidades de su reino.