Oshún
Oshún: la dulzura de la corriente y la miel del veneno
El oro bajo el agua dulce
Oshún es el murmullo del río que serpentea entre las rocas, el brillo del sol reflejado en una corriente limpia y el tintineo del oro que adorna los cuellos de las reinas. Ella encarna todo lo que hace que la vida valga la pena ser vivida: el amor, la sensualidad, el arte, la fertilidad y la riqueza. Su presencia se anuncia con el olor a sándalo y miel silvestre, y su risa es una melodía tan cristalina que puede curar la locura o desarmar al guerrero más sanguinario. Pero debajo de su superficie dorada y de sus vestidos de seda amarilla, fluye una corriente subterránea de una frialdad letal. Es la dueña de las aguas dulces, los vasos sanguíneos de la tierra sin los cuales los campos se convertirían en desiertos y las gargantas de los hombres en polvo. Su belleza es su arma más letal. Nadie, ni mortal ni Orisha, puede resistirse al embrujo de sus ojos almendrados y al movimiento de sus caderas, que imita el flujo constante de las mareas fluviales. Sin embargo, su dulzura no debe confundirse con la debilidad. Oshún es una estratega implacable que sabe que la miel atrae más víctimas que el hierro.
El día que la tierra se secó
Hubo un tiempo en que los Orishas varones decidieron que podían gobernar el mundo y organizar la creación sin la intervención de las deidades femeninas. Oshún fue excluida de sus asambleas y sus consejos fueron ignorados con desdén. En silencio, sin levantar la voz ni desenvainar un arma, ella se retiró a sus manantiales sagrados y se cruzó de brazos. Con su retirada, el *Ashé* de la fertilidad abandonó la tierra. Los ríos se estancaron y se pudrieron; las mujeres se volvieron estériles y las cosechas se marchitaron en los campos antes de dar fruto. El mundo comenzó a morir de inanición y melancolía. Desesperados, los dioses subieron al Orun para suplicar a Olodumare que interviniera. El creador, mirando la devastación, les reveló su error: sin la energía de la dulzura, el amor y la creación que solo Oshún poseía, el universo no podía sostenerse. Los Orishas tuvieron que descender de rodillas hasta la orilla del río, ofreciéndole oro, calabazas llenas de miel y súplicas de perdón. Solo cuando ella sonrió de nuevo, la lluvia volvió a caer y la vida recuperó su color.
La diplomática de los cielos y el ave de la redención
Cuando la tierra estuvo al borde de la destrucción total debido a las sequías causadas por las guerras entre los dioses, el sol quemaba con tanta fuerza que ningún ser alado podía volar alto para pedir clemencia al creador. Fue Oshún quien se ofreció para la tarea. Se transformó en un buitre de plumaje negro y voló hacia el firmamento. A medida que subía, el calor del sol quemaba sus plumas y desollaba su cabeza, pero ella no se detuvo hasta llegar a las puertas del palacio de Olodumare. Conmovido por su sacrificio y su fealdad temporal en pos de la salvación del mundo, el creador le devolvió sus manantiales y le otorgó el título de mensajera de la adivinación. Por eso, tras su aparente fragilidad se esconde la única fuerza capaz de aplacar la ira de Shangó y calmar la violencia de Ogún. Ella cura con sus aguas, pero cuando es ofendida, sus lágrimas se convierten en inundaciones que arrasan pueblos enteros, y su miel, dulce en los labios de sus enemigos, se transforma en un veneno que paraliza el corazón.