Tláloc

Dioses y deidades · Deidades mesoamericanas y andinas

Tláloc

Tláloc: el señor del rayo y la vasija celeste

La mirada de obsidiana y relámpago

Mucho antes de que los grandes imperios levantaran sus pirámides, la tierra ya temblaba bajo los pasos de Tláloc. Es una de las deidades más antiguas del mundo mesoamericano, una fuerza primordial que habita en las cumbres de las montañas más altas, donde las nubes se agrupan como ejércitos grises dispuestos a asediar los valles. Su aspecto físico inspira un respeto reverencial: grandes anteojeras formadas por serpientes entrelazadas que rodean sus ojos oscuros, una boca provista de largos colmillos de jaguar y una piel teñida del color del cielo antes de la tormenta. Tláloc es el dueño indiscutible de las aguas que caen del cielo y de las que brotan del suelo húmedo. De su voluntad depende que la tierra entregue sus frutos o se convierta en un páramo estéril de polvo y ceniza. No es un dios benevolente en el sentido moderno; es una fuerza elemental tan capaz de enviar la lluvia mansa que hace brotar el maíz verde, como de desatar el granizo destructor, las inundaciones furiosas y los rayos que desgarran los árboles centenarios. Su templo es el Tlalocan, un paraíso subterráneo y húmedo donde abundan las flores, el cacao y la vegetación exuberante, reservado para aquellos que mueren ahogados, fulminados por un rayo o por enfermedades relacionadas con el agua.

El rumor de las cuatro vasijas

En su cortejo montañoso, Tláloc no trabaja solo. Se apoya en los tlaloque, un grupo de duendes de la lluvia que habitan en las cavernas y en los barrancos profundos de las cordilleras. El dios tiene bajo su cuidado cuatro inmensas vasijas de barro, orientadas hacia los cuatro puntos cardinales del universo, y cada una contiene una lluvia de naturaleza distinta. La primera vasija contiene el agua buena, limpia y oportuna, que fertiliza los campos y asegura la supervivencia de los pueblos. La segunda contiene la lluvia que trae las plagas, los hongos y las orugas que devoran las plantaciones de maíz. La tercera vasija derrama las heladas implacables y la nieve que pudre las raíces antes de que puedan crecer. La cuarta vasija alberga la sequía devastadora, que agrieta la tierra y hace que los ríos se conviertan en senderos de piedra seca. Cuando Tláloc decide que ha llegado el momento de regar el mundo, ordena a los tlaloque tomar vasijas más pequeñas y llenarlas con el contenido de los grandes recipientes celestes. Los duendes vuelan sobre las nubes y, con grandes varas de madera, rompen las tinajas para liberar el agua. El estruendo de esos golpes contra el barro es lo que los mortales escuchan en la tierra como el trueno, y los fragmentos que saltan encendidos por la fricción del cielo son los relámpagos que caen sobre las copas de los cerros.

El tributo de las lágrimas

La relación de los hombres con Tláloc es de una solemnidad absoluta y a menudo dolorosa. Para asegurar que el dios abra la vasija del agua buena y mantenga cerradas las del granizo y la sequía, los sacerdotes debían ofrecerle lo que él más valoraba: la humedad de la vida. Durante las festividades que daban inicio a la temporada de siembra, se llevaban a cabo procesiones hacia las cumbres de los cerros sagrados y hacia los remolinos de agua de las lagunas. En estos rituales, los niños pequeños, ricamente ataviados con ropajes de colores y plumas de quetzal, eran entregados al dios. El llanto de los infantes antes de ser consagrados era considerado el mejor augurio posible, pues sus lágrimas simbolizaban las gotas de lluvia que Tláloc enviaría para humedecer los campos. Solo a través de esa dolorosa comunión líquida, donde las lágrimas humanas se fundían con el agua de las nubes, la tierra garantizaba su fertilidad un año más, bajo el trueno sordo del jaguar que habita en la montaña.