Shiva

Dioses y deidades · Deidades hindúes

Shiva

Shiva: La danza de las cenizas y el fuego

El asceta del monte helado

En la cima del monte Kailash, donde el viento ruge con la violencia de un lobo herido y la nieve nunca se derrite, habita el dios que no necesita nada. Shiva es el asceta perfecto. Su piel está cubierta por la ceniza de los campos de cremación, un recordatorio constante de que todo lo material terminará convertido en polvo. Lleva el cabello enredado, cayendo como cascadas salvajes sobre sus hombros, y en torno a su cuello se enrosca Vasuki, la reina de las serpientes, que sisea al ritmo de su respiración pausada. Shiva es el destructor, pero su destrucción no es un acto de maldad; es el arado que rompe la tierra vieja para que la semilla de la nueva creación pueda germinar. Él es el silencio que queda después de la tormenta y la tormenta que rompe el silencio opresivo. Mientras los demás dioses habitan palacios de oro y visten sedas finas, Shiva se envuelve en una piel de tigre, se embriaga con hierbas sagradas y medita inmóvil durante miles de años, sosteniendo la estabilidad de la realidad mediante la pura fuerza de su voluntad.

La mirada que consume el deseo

El poder de Shiva es absoluto y fulminante. En el centro de su frente descansa su tercer ojo, el ojo de la sabiduría interna y de la destrucción cósmica. Casi siempre permanece cerrado, pues si se abre de par en par, la luz que emana es capaz de reducir el universo entero a cenizas en un instante. Así lo descubrió Kamadeva, el dios del deseo amoroso. Intentando despertar a Shiva de una meditación profunda para que se enamorara de la diosa Parvati, Kamadeva le disparó una flecha hecha de flores de caña de azúcar. Shiva, molesto por la interrupción de su contemplación cósmica, abrió su tercer ojo por una fracción de segundo. Un haz de fuego puro brotó de su frente y consumió al dios del amor al instante, dejándolo incorpóreo para siempre, convertido en un simple suspiro en el aire. En sus manos de asceta, Shiva sostiene el Trishula, un tridente cuyos tres dientes representan la creación, la preservación y la destrucción, así como los tres estados del tiempo: pasado, presente y futuro. También lleva el Damaru, un pequeño tambor de mano con forma de reloj de arena cuyo golpeteo rítmico genera el latido del corazón del cosmos y marca el fluir del tiempo.

El trago que salvó la existencia

Hubo un tiempo en que los dioses y los demonios batieron el océano de leche para obtener el elixir de la inmortalidad. Sin embargo, antes de que el néctar sagrado emergiera, de las profundidades del mar brotó el Halahala, un veneno negro tan denso y letal que sus vapores comenzaron a asfixiar a todas las criaturas vivas y a marchitar los mundos. Desesperados, todos acudieron a Kailash. Shiva, sin vacilar ante el peligro que aterrorizaba a los demás, recogió el veneno en el cuenco de sus manos y se lo bebió de un solo trago. El veneno era tan abrasador que amenazaba con quemar las entrañas del propio dios. Al ver esto, su consorte, Parvati, corrió hacia él y le apretó el cuello con ambas manos, impidiendo que la sustancia letal descendiera más allá de su garganta. El veneno quedó atrapado en su cuello, tiñendo su piel de un azul intenso y brillante. Desde entonces, Shiva es conocido como Neelakantha, el de la garganta azul, el salvador que carga con el dolor y la ponzoña del mundo para que los demás puedan seguir viviendo.

La danza del fin de los tiempos

Cuando la ignorancia de los hombres llega a un punto de no retorno y el orden del universo se corrompe sin remedio, Shiva abandona su meditación silenciosa y desciende al campo de batalla cósmico como Nataraja, el rey de la danza. Enmarcado en un círculo de llamas devoradoras, Shiva levanta su pierna izquierda y comienza a bailar la Tandava, la danza de la destrucción total. Sus cabellos salvajes golpean las estrellas, desprendiendo las constelaciones de sus perchas celestes. Con una mano derecha toca el tambor que anuncia el final de la era; con la izquierda sostiene el fuego que purificará el espacio vacío. Bajo su pie derecho aplasta a Apasmara, el demonio enano de la ignorancia y el olvido. Cada paso de su danza rítmica desmantela las ilusiones del ego y de la materia, reduciendo el cosmos a un lienzo limpio donde, eventualmente, el silencio volverá a albergar la semilla de un nuevo comienzo.