Pachamama

Dioses y deidades · Deidades mesoamericanas y andinas

Pachamama

Pachamama: la piel de piedra que late bajo el suelo

La madre que sostiene el peso del mundo

La Pachamama no es simplemente una diosa que camina sobre la tierra; ella *es* la tierra misma. Es la piel de piedra de las montañas, el suelo arcilloso de los valles, el abismo de las gargantas y la humedad oscura de las cuevas. No tiene un rostro humano que pueda tallarse en una estatua de madera ni se la puede encerrar en las paredes de un templo construido por manos mortales. Su cuerpo es la inmensidad de los Andes, y cada colina es un pliegue de su manto, cada río es una vena por la que corre su sangre de agua dulce y cada temblor es el latido de su corazón de roca que se estremece en las profundidades. Nacida en el principio de los tiempos, antes de que el sol encendiera el día, ella es la madre eterna que acoge a las semillas en su vientre para que se conviertan en alimento, y es también el útero final que recibe los cuerpos de los hombres cuando llega la muerte. Su presencia es constante, silenciosa y absoluta: nadie puede dar un paso en el mundo sin pisar el cuerpo de la Pachamama.

El hambre sagrada de la tierra

El dominio de la Pachamama es el del sustento y la reciprocidad. No es una deidad benévola y pasiva que regala sus frutos sin pedir nada a cambio; la tierra tiene hambre y sed, y exige ser alimentada para mantener el equilibrio del mundo. Si los hombres toman de ella el maíz, la papa, el agua y los minerales, deben devolverle una parte de esa riqueza en señal de respeto. Este principio, el *ayni*, es la ley fundamental que rige la vida en los Andes. Cuando se ignora este pacto de reciprocidad, cuando se explota el suelo con avaricia o se ensucian las fuentes de agua, la Pachamama muestra su rostro temible. Las cosechas se pudren en los campos, las sequías agrietan los valles y la tierra tiembla con una furia sorda que desmorona las laderas de las montañas y sepulta las aldeas de los que olvidaron la gratitud.

El pozo de las ofrendas y el murmullo de la chicha

La ceremonia que define la relación con la Pachamama es la *corpachada*, el acto de alimentar a la madre tierra. En el mes de agosto, cuando la tierra se abre para comenzar el ciclo de la siembra, las comunidades andinas cavan un pozo profundo en el suelo fértil. No es una tumba, sino una boca abierta hacia el vientre del mundo. Los hombres y mujeres se arrodillan ante el pozo y le ofrecen lo mejor de sus cosechas: hojas de coca seleccionadas una a una, maíz tostado, grasa de llama sagrada y chorros generosos de chicha de jora. Mientras el humo del incienso y de la resina de copal sube al cielo, los rezos se dirigen al suelo en un murmullo bajo que imita el sonido del viento entre las piedras. "Pachamama, santa madre, recibe esta comida y este trago para que la tierra sea buena, para que el ganado se multiplique y para que tus hijos no sufran hambre". Solo después de que la madre ha sido saciada, se cierra el pozo con piedras planas y flores silvestres, y se puede comenzar a arar el suelo con la certeza de que el año traerá abundancia.

La dueña del tiempo circular

La Pachamama ha sobrevivido a todas las tormentas de la historia. Cuando los templos de los otros dioses fueron destruidos y las huacas sagradas fueron profanadas, ella permaneció intacta porque nadie puede destruir el suelo sobre el que camina. Se vistió con los mantos de las santas cristianas para seguir recibiendo las oraciones de su pueblo en secreto, pero su esencia nunca cambió. Sigue siendo la presencia que los pastores invocan en las punas solitarias, el calor que brota del suelo en las noches frías y la certeza de que todo lo que viene de la tierra debe, tarde o temprano, regresar a su abrazo de piedra.