Nyame

Dioses y deidades · Deidades africanas subsaharianas

Nyame

Nyame: el rostro infinito del cielo

El ojo que todo lo ve

Él es el firmamento mismo, la inmensidad azul que cobija la existencia y la cúpula estrellada que vigila el sueño de los hombres. No tiene principio ni fin; se creó a sí mismo a partir de la nada cuando el tiempo aún no era una palabra pronunciada. Es el dador de la lluvia que fecunda los campos, el calor que madura el grano y el soplo vital que sostiene el latido de todo lo que respira bajo las nubes. Su símbolo es el *Gye Nyame*, una marca que los talladores graban en la madera y los tejedores estampan en las telas para recordar que nadie debe temer a nada excepto a él. Aunque es el soberano absoluto, su presencia no es la de un monarca ruidoso que exige sacrificios diarios con ira. Su naturaleza es la de una distancia majestuosa, una sabiduría tan antigua que a menudo parece indiferente a las pequeñas tragedias de la tierra, aunque su mirada, que se filtra a través de las estrellas como si fueran miles de ojos nocturnos, no pierde detalle de lo que ocurre en el suelo.

La distancia del Creador

Hubo una época en que el cielo no estaba tan lejos de la tierra. Él vivía justo encima de las cabezas de los hombres, tan cerca que las madres podían estirar la mano y arrancar un pedazo de nube para alimentar a sus hijos pequeños, y el humo de las hogueras subía directamente a sus ojos. Los hombres vivían en una paz cómoda, pero la excesiva familiaridad engendró la falta de respeto. Una anciana que preparaba el *fufu*, el tradicional puré de yuca, utilizaba un mortero de madera enorme y un pesado pilón para machacar las raíces. Cada vez que levantaba el pilón con fuerza, el extremo de la madera golpeaba directamente el rostro del dios en el cielo. "¡Hazte un lado, cielo!", gritaba la mujer sin detener su labor, golpeándolo una y otra vez. Cansado del maltrato de los humanos, de los golpes de los pilones y del humo que asfixiaba su garganta, decidió retirarse. Subió y subió, alejándose de las copas de los árboles, de las cumbres de las montañas, hasta quedar fuera del alcance de cualquier herramienta humana. Desde entonces, para hablar con él, los hombres deben levantar la voz hacia las alturas y depender de la mediación de los espíritus de la tierra.

El cofre de la sabiduría

En su corte celestial, guardaba bajo su trono un cofre de madera preciosa que contenía todas las historias, leyendas y conocimientos del universo. Nadie en la tierra sabía cómo narrar un cuento o recordar el pasado de las dinastías porque todo le pertenecía a él. Fue la astuta araña la que ascendió por un hilo de seda dorado para comprar ese tesoro. El señor del cielo, creyendo que el pequeño animal fracasaría, le exigió un precio imposible: capturar al avispón que picaba como el fuego, al leopardo de dientes de aguja y al enano invisible que se esconde en los bosques sagrados. Contra todo pronóstico, utilizando el ingenio y la trampa, la araña regresó con las presas atadas a sus hilos. Él, cumpliendo su palabra divina con la dignidad que caracteriza a los verdaderos reyes, entregó el cofre. Al abrirse en la tierra, las historias se dispersaron por los cuatro puntos cardinales, permitiendo que la memoria y el arte nacieran entre los hombres como un regalo de la generosidad celestial.