Mashhit
Mashhit: La plaga invisible
La tormenta desatada en la noche
Hay momentos en la historia del mundo en que la justicia divina prescinde de la diplomacia y se manifiesta como una fuerza de demolición pura. Este es el territorio de Mashhit, cuyo nombre se pronuncia en susurros temerosos en las crónicas de las grandes catástrofes. Él es el Destructor, el ejecutor que desciende cuando la paciencia de las esferas celestiales se ha agotado. No posee la fisonomía de un ángel guardián ni la solemnidad del escriba del destino; su esencia es la de una tempestad nocturna, un viento ardiente y cargado de azufre que penetra por las rendijas de las puertas y se desliza en los pulmones de los condenados antes de que alcancen a dar un grito de alerta.
El ejecutor ciego
La característica más aterradora de su servicio es su ceguera funcional ante las virtudes individuales cuando se le da rienda suelta. Cuando cruza las ciudades en medio de la noche, su espada no busca corazones justos o impíos; busca simplemente cumplir la orden de desolación que ha recibido. Es una fuerza tan pura en su destructividad que, una vez que se le permite descender, no hace distinción entre el inocente y el culpable a menos que medie un límite físico y visible, un sello de sangre o una marca sagrada en el dintel de las puertas. Si ese límite no está presente, su paso borra toda vida que encuentre a su paso, barriendo la descendencia de una dinastía entera en el espacio de un solo suspiro.
El filo que no discierne
Él representa el recordatorio de que la divinidad posee aspectos de una violencia cósmica inasimilable para la mente humana. Cuando Mashhit desenvaina su espada, el aire se vuelve metálico, la sangre de los hombres se enfría en sus venas y el instinto de los animales los hace aullar en la oscuridad mucho antes de que el peligro sea visible. Él no ofrece diálogo, no escucha súplicas ni acepta arrepentimientos de último minuto; es el decreto divino transformado en guadaña, una fuerza que limpia el suelo de la historia con la velocidad de un incendio forestal para que la creación pueda comenzar de nuevo sobre las cenizas de lo que fue destruido.