Marte
Marte: el padre del lobo y la lanza de Roma
La simiente de la loba
Para los romanos, Marte no era simplemente el dios de la carnicería bélica que otros panteones temían y evitaban. Él era el progenitor de su estirpe, el cimiento de su imperio y el protector de sus cosechas. Su historia se entrelaza de forma definitiva con el origen mismo de Roma. Fue Marte quien descendió en un torrente de luz y poder sobre la vestal Rea Silvia, engendrando en su vientre a los gemelos Rómulo y Remo. Cuando los niños fueron arrojados al río Tíber para morir, el instinto de su padre envió a una loba sagrada, uno de los animales consagrados al dios, para que los amantara y los protegiera del frío con su pelaje, asegurando que los fundadores de la ciudad eterna sobrevivieran para cumplir su destino de gloria. Marte poseía una dualidad que definía el carácter romano. Por un lado, era el dios de la primavera, el renovador de la vida que ahuyentaba los fríos del invierno y protegía los campos de labranza de las plagas y los enemigos extranjeros. Los agricultores le imploraban que mantuviera a salvo el ganado y los cultivos. Por otro lado, cuando la estación de la siembra daba paso a la estación de las armas, Marte se transformaba en el guerrero formidable que marchaba al frente de las legiones, vistiendo una armadura de bronce pulido que brillaba con el rojo de la sangre y el fuego de los campamentos.
El escudo que cae del cielo
Durante el reinado de Numa Pompilio, el segundo rey de Roma, una terrible peste asoló la ciudad. Mientras el monarca suplicaba clemencia a los cielos, un escudo de bronce de forma elíptica cayó directamente de las nubes, acompañado por el retumbar de un trueno majestuoso. Una voz divina anunció que el destino de Roma estaría a salvo mientras ese escudo fuera custodiado con celo. El rey, temiendo que el objeto sagrado fuera robado, ordenó a un hábil artesano que fabricara once copias idénticas, de modo que ningún ladrón pudiera distinguir el verdadero escudo de Marte, conocido como el *Ancile*. Para custodiar estas doce reliquias, se instituyó la orden de los sacerdotes Salios, los "sacerdotes saltarines" de Marte. Cada año, al comienzo del mes que llevaba su nombre, marzo, estos hombres recorrían las calles de Roma ataviados con túnicas de guerra rojas y corazas de bronce, danzando al ritmo de un canto ancestral y golpeando los escudos sagrados con sus lanzas. El estruendo de sus saltos y el chocar del metal despertaban el espíritu combativo de la ciudad, consagrando las armas antes de que los ejércitos partieran hacia las fronteras del mundo conocido.
El clamor del Campo de Marte
El poder del dios se concentraba en el Campo de Marte, una vasta llanura situada fuera de las murallas de la ciudad donde los soldados se ejercitaban en el arte de la espada, la jabalina y la equitación. Ningún ejército armado podía cruzar el límite de la ciudad sin el consentimiento del dios, y era en este campo donde se realizaban las purificaciones del ejército antes y después de cada campaña. Cuando los cónsules romanos se preparaban para la guerra, entraban al santuario del dios en el Foro, donde se custodiaban sus lanzas sagradas. El general agitaba las lanzas con vigor, exclamando: *"¡Marte, despierta!"*. Si las lanzas vibraban por sí solas en sus soportes, se consideraba un presagio de que el dios mismo marcharía invisible al lado de sus hijos, aplastando la resistencia enemiga bajo el peso de sus pasos de gigante y coronando a las legiones con el laurel de la victoria eterna. ***