Kafziel
Kafziel: El testigo del último invierno
El señor de las esferas de plomo
Bajo la fría luz de Saturno, el planeta que marca la frontera exterior del tiempo visible, habita Kafziel, el ángel de las lágrimas y la soledad. Mientras otros mensajeros de la muerte se ocupan del instante exacto de la partida, él es el soberano del proceso que conduce a ella: la vejez, el desgaste de las articulaciones, la pérdida de los afectos y el lento apagarse de la llama de la juventud. Viste ropajes pesados, del color del plomo y de la ceniza húmeda, y su andar es deliberadamente pausado, pues sabe que ninguna criatura puede escapar de las redes que el tiempo teje a su alrededor. Él es el testigo silencioso del invierno de la existencia.
El llanto sobre el reloj de arena
En sus manos sostiene un reloj de arena cuyos granos son las lágrimas de todos los seres que han llorado la pérdida de su vigor o la muerte de sus semejantes. Kafziel es único entre sus iguales porque experimenta una profunda tristeza por la fragilidad humana; se dice que llora de manera ininterrumpida mientras realiza su tarea, pero sus lágrimas son frías como el granizo y nunca detienen la marcha del reloj. No apresura el final, pero tampoco concede un solo segundo de tregua. Es el patrono de los que mueren en la más absoluta soledad, de los ancianos olvidados en sus camas de piedra y de los soldados que exhalan su último aliento en campos de batalla desiertos, asegurando que nadie cruce el umbral sin que al menos una lágrima celestial haya sido derramada por su partida.
La fría paz del límite
Representa el valor espiritual de la limitación. Enseña que la muerte no es un accidente de la carne, sino una muralla necesaria que da sentido a la vida. Su presencia se anuncia con un frío repentino que se cuela por los huesos, una melancolía que vacía de sentido los logros materiales y prepara al espíritu para desprenderse del mundo exterior. Cuando la última gota de arena cae en su reloj, Kafziel extiende su mano de plomo y toca el pecho del durmiente, deteniendo el corazón no con ira, sino con la fría y definitiva paz de quien cierra un libro que ya ha sido completamente leído.