Inanna ishtar
Inanna/Ishtar: la espada de bronce y la estrella de la tarde
La reina de las contradicciones
Inanna es la deidad más vibrante, peligrosa y fascinante del panteón. No conoce los términos medios. Ella es la estrella de la mañana que anuncia el fragor de la batalla, y la estrella de la tarde que despierta el deseo en el lecho de los amantes. Es la diosa del amor cortés, de la pasión desenfrenada, de la fertilidad de los campos y de la carnicería sangrienta de la guerra. Al verla, los guerreros sienten que sus corazones se llenan de un valor temible, mientras que los amantes se consumen en un fuego que a menudo resulta fatal. Su presencia es un torbellino de movimiento. Se la representa de pie sobre la espalda de un león rugiente, vestida con las galas de una novia pero con alas a la espalda y un carcaj lleno de flechas brotando de sus hombros. Inanna desafía todas las categorías: no es una madre sumisa ni una esposa dócil; es una fuerza independiente que busca expandir su territorio y su poder a cualquier precio, arrebatando los secretos del orden cósmico a los propios dioses mediante la seducción o la amenaza directa.
El descenso al reino sin retorno
El mito que define su carácter con mayor profundidad es su viaje al Kur, el inframundo oscuro gobernado por su hermana Ereshkigal. Insatisfecha con sus dominios en la tierra y el cielo, Inanna decidió conquistar el reino de los muertos. Para ello, se vistió con sus siete prendas sagradas, las insignias de su poder divino, y descendió por las siete puertas del abismo. En cada puerta, el guardián de la muerte la obligó a despojarse de un atributo: primero su corona, luego sus joyas de lapislázuli, su collar, sus corazas y, finalmente, sus ropajes. Al llegar ante el trono de su hermana, Inanna estaba completamente desnuda, despojada de toda su divinidad. Ereshkigal la miró con los ojos de la muerte y la convirtió en un cadáver de carne podrida que colgó de un clavo en la pared. Sin embargo, la muerte no podía retener a la señora de la vida. Gracias a la intervención de Enki y a la astucia de sus mensajeros, resucitó de entre las sombras, pero la ley del inframundo es estricta: para salir, debía entregar a alguien en su lugar. Al regresar a la tierra y ver que su esposo, el pastor Dumuzi, no guardaba luto por ella sino que celebraba en su trono, Inanna lo señaló con el dedo de la condena, entregándolo a los demonios del abismo. Ella es el amor que da la vida y, al mismo tiempo, el rencor que reclama el sacrificio.
La patrona de la corona y la batalla
En el campo de batalla, Inanna es llamada "la destructora de las montañas". Se dice que cuando ella entra en combate, el cielo se tiñe de rojo y la tierra se cubre de un rocío de sangre. Disfruta del caos de la lucha, del choque de los carros de guerra y de la caída de los imperios. Los reyes de Mesopotamia no se atrevían a gobernar sin su bendición; en la gran fiesta de Año Nuevo, el soberano debía unirse a la diosa en un rito de matrimonio sagrado para asegurar que la tierra diera frutos y que los ejércitos lograran la victoria sobre sus enemigos. Su culto sobrevivió a la caída de dinastías enteras, transformándose y absorbiendo los rostros de otras deidades. En las calles de Uruk y de Babilonia, los templos dedicados a ella eran lugares llenos de música, danza y transgresión de los límites cotidianos. Inanna es la fuerza que rompe las barreras de lo establecido, la estrella que brilla con más fuerza en la víspera de la tormenta, recordándoles a los hombres que la vida y la destrucción son dos caras de la misma moneda de bronce.