Hathor
Hathor: la mirada de oro, la música y la furia celestial
La señora de la belleza y el júbilo
Hathor es la deidad de los mil rostros y la encarnación de todo lo que hace que la vida valga la pena ser vivida. Hija del dios solar Ra, es la personificación de la luz cálida del sol, del amor que une a los amantes, de la música que eleva el espíritu y de la danza que alegra los corazones. Se la representa como una mujer de extraordinaria belleza, con orejas de vaca que denotan su infinita paciencia y ternura maternal, o directamente como una gran vaca celestial cuyos ojos son el sol y la luna, y cuyas ubres derraman la Vía Láctea sobre el firmamento. Lleva sobre su cabeza un tocado imponente compuesto por dos cuernos de lira que sostienen un disco solar ardiente, decorado con el áspid sagrado. Hathor es el oro que no se corrompe, la joya que brilla en la oscuridad y la fragancia del incienso que llena los santuarios. En su presencia, la tristeza se disipa y los hombres encuentran el consuelo y la alegría de existir.
La leona ensangrentada que casi extingue al mundo
Detrás de la sonrisa dorada de Hathor se esconde una fuerza destructiva que una vez estuvo a punto de borrar a la humanidad de la faz de la tierra. En los primeros tiempos del mundo, cuando Ra envejeció, los hombres comenzaron a conspirar contra él y a desobedecer sus leyes. Lleno de ira, el dios solar decidió castigar la rebelión y arrancó de su frente su propio ojo, su fuerza vital y destructiva, y lo envió a la tierra encarnado en su hija Hathor. Al descender sobre las arenas, la dulce diosa del amor se transformó en Sekhmet, una leona gigantesca y sedienta de sangre. Su rugido hizo temblar las montañas y sus garras desgarraron las carnes de los rebeldes. La matanza fue tan terrible que la tierra se tiñó de rojo y el olor de la sangre embriagó a la diosa, quien continuó devorando a culpables e inocentes por igual, desoyendo las súplicas del propio Ra, que ahora se arrepentía de su severidad. Para salvar a la humanidad de la extinción total, los dioses urdieron una estratagema. Mezclaron miles de vasijas de cerveza con ocre rojo del desierto y jugo de granada, esparciendo el líquido brillante por los campos de cultivo hasta que pareció un inmenso lago de sangre. Al amanecer, la leona llegó sedienta y, creyendo que se trataba de la sangre de sus víctimas, bebió el líquido con avidez hasta quedar completamente borracha. Sumida en un profundo sueño, la furia de la bestia se disipó y, al despertar, volvió a ser la bella Hathor, trayendo consigo la paz y la reconciliación entre los dioses y los hombres.
La nodriza del faraón y la señora del sicomoro
Como madre cósmica, Hathor es la protectora por excelencia de la realeza y la soberanía. Los faraones se retrataban en los muros de los templos siendo amamantados por la ubre de la vaca divina, recibiendo de su leche celestial la fuerza física, la inmortalidad y el derecho sagrado a gobernar las tierras de Egipto. Su presencia también se manifestaba en el árbol de sicomoro, cuyas ramas ofrecen sombra fresca en el borde del desierto y cuyos frutos dulces eran considerados un regalo directo de sus manos. Los viajeros sedientos y cansados invocaban a la "Señora del Sicomoro", esperando que la diosa asomara su cabeza entre las hojas verdes para ofrecerles agua fresca y pan, salvándolos de las garras de la muerte en el desierto.
La guía en el crepúsculo de la vida
El dominio de Hathor se extiende mucho más allá de los placeres terrenales; ella es también la "Señora del Oeste", la montaña sagrada por donde el sol se pone y por donde las almas de los muertos deben descender al inframundo. En su templo de Dendera, los sacerdotes celebraban su capacidad de cruzar las fronteras entre el mundo de los vivos y el de los muertos. Cuando una persona exhalaba su último suspiro, Hathor la aguardaba en la entrada del reino de las sombras. No se presentaba como un juez temible, sino como una madre amorosa que tomaba la mano del difunto para guiarlo a través de los senderos oscuros del más allá. Con su música de sistro y sus cantos sagrados, Hathor ahuyentaba a los demonios del abismo, asegurando que el alma cansada pudiera cruzar con seguridad hacia la luz eterna, renaciendo en sus brazos dorados como una estrella más en el gran cuerpo del firmamento.