Geb
Geb: el latido de roca y la risa que estremece la tierra
El cimiento del mundo viviente
Bajo la inmensa bóveda estrellada del cielo, se extiende el cuerpo colosal de Geb, el dios de la tierra y el cimiento sobre el cual se asienta toda la creación. Mientras su esposa Nut se arquea en las alturas, Geb yace tendido boca abajo o apoyado sobre un codo, con una rodilla doblada que imita el relieve de las cordilleras y los valles. Él es la roca primordial, el suelo fértil y el abismo oscuro que aguarda bajo las arenas del desierto. Hijo de Shu y Tefnut, Geb representa la estabilidad y la materia física. Se le suele representar con la piel de un verde profundo, el color de la vegetación que brota de sus entrañas tras la crecida del río, o del color marrón de la tierra arada. En ocasiones, un ganso místico, el *ganso del Nilo*, reposa sobre su cabeza o vuela cerca de él, recordando el mito de que fue Geb quien puso el huevo cósmico del cual nació el sol en los albores del tiempo.
El llanto verde y el rugido de la roca
Geb no es una deidad pasiva que simplemente soporta el peso del mundo; su cuerpo está vivo, respira y reacciona a los acontecimientos del cosmos. Se dice que las colinas y las montañas son los huesos de Geb que sobresalen de la piel de la tierra, y que los valles y depresiones son las curvas de su musculatura divina. Cuando el dios se estremece de dolor o de ira, la tierra tiembla en terremotos que agrietan los templos y desplazan las montañas. Las plantas, los árboles y las cosechas de grano que alimentan a los hombres no son más que el vello de su cuerpo que brota cuando es fertilizado por las lágrimas que derrama al estar separado de su amada Nut. El agua dulce que corre por los ríos y brota de los oasis subterráneos es el sudor de Geb que fluye desde las profundidades de las cavernas montañosas. Así, cada paso que da un mortal sobre el suelo de Egipto es un contacto directo con el cuerpo vibrante y sagrado de este dios.
El trono primordial y el juicio de la tierra
En la jerarquía divina, Geb ocupa el cargo del gran legislador y el primer rey legítimo de la tierra. Tras la partida de los dioses celestiales a las alturas, fue Geb quien asumió el gobierno del mundo de los hombres, estableciendo las fronteras, dividiendo las provincias y organizando los primeros templos y canales de irrigación. Su reinado fue una era de abundancia y justicia que sirvió de modelo para todos los faraones futuros, quienes asumían el trono bajo el título de "herederos de Geb". Como juez del tribunal divino, Geb tuvo la última palabra en la disputa territorial entre su hijo Seth y su nieto Horus. Escuchando los argumentos de ambas partes con la paciencia de las montañas, Geb dictó la sentencia definitiva: otorgó a Seth el dominio sobre los desiertos y las tierras extranjeras, y a Horus el gobierno absoluto sobre las tierras negras y fértiles del valle del Nilo. Con esta decisión, Geb devolvió la armonía al país y consagró la corona real como una institución sagrada legitimada por la misma tierra.
El custodio de las tumbas y las cosechas
La relación de Geb con los seres humanos es de una dualidad sobrecogedora. Por un lado, es el padre nutricio que provee el trigo, la cebada y las piedras preciosas con las que se construyen los monumentos. Por otro lado, es el guardián de los muertos, el carcelero de las almas indignas y el custodio de las tumbas. Aquellos que no superan el juicio en el inframundo quedan atrapados en las profundidades de la tierra, devorados por las fauces de Geb que se cierran sobre ellos como una prisión de piedra de la que nunca podrán escapar. Sin embargo, para los justos, Geb abre sus colinas y permite que sus cuerpos descansen en paz, protegiendo sus momias de los saqueadores y de la putrefacción de la arena. El dios que hace brotar la espiga de trigo del suelo seco es el mismo que asegura que la semilla del alma humana pueda germinar en la oscuridad de la tumba para florecer en la otra vida.