Coatlicue
Coatlicue: la madre de la falda de serpientes
El vientre de piedra y sangre
Antes de que el mundo tuviera la forma que hoy conocemos, la tierra era una fuerza hambrienta y colosal que exigía ser aplacada. De esa misma tierra surgió Coatlicue, la de la falda de serpientes, una presencia monumental que encarna tanto el origen de la vida como el abismo de la tumba. Su aspecto no está hecho para inspirar una devoción serena, sino un temblor reverencial. Coatlicue no tiene un rostro humano; en su lugar, dos gigantescas serpientes de cascabel se encuentran frente a frente donde debería estar su cabeza, unidas en un eterno brote de sangre que representa la dualidad del cosmos. Su cuello está adornado con un collar pesado de manos y corazones humanos, tributo de los que han vuelto a ella, y sus manos son garras afiladas listas para desgarrar y sembrar al mismo tiempo. Ella es la matriz de donde brota todo lo vivo y, a la vez, la boca abierta del suelo que devora los cadáveres para transformarlos en polvo fértil. En su falda, las víboras se entrelazan vivas, siseando al unísono con cada paso que da sobre la cumbre del Coatepec, la montaña sagrada. Para Coatlicue, la creación no es un acto de amor pacífico, sino un parto violento y doloroso que exige un tributo constante de fuerza vital.
La tempestad en la montaña sagrada
La existencia de Coatlicue cambió para siempre el día en que realizaba sus tareas de penitencia en el templo del Coatepec. Mientras barría los altares, una hermosa pluma de colibrí cayó del cielo y ella, fascinada por su brillo azulado, la guardó con delicadeza en su seno. Al terminar su labor, buscó la pluma, pero esta había desaparecido; en su lugar, sintió un calor súbito que crecía en su vientre. Estaba embarazada del dios de la guerra, Huitzilopochtli. Al enterarse de la gravidez de su madre, su hija primogénita, Coyolxauhqui, la diosa de la luna, sintió una humillación insoportable. Convocó a sus cuatrocientos hermanos, las estrellas del sur, y los armó para marchar contra la colina sagrada con la intención de decapitar a Coatlicue y borrar la afrenta. La montaña tembló bajo el paso de la hueste estelar. En la cima, Coatlicue lloraba temiendo por su vida, pero desde el fondo de su vientre, una voz profunda y guerrera la consoló, pidiéndole que no temiera. Justo en el instante en que Coyolxauhqui alcanzó la cumbre con el arma en alto, el vientre de Coatlicue se abrió con el fragor de un trueno. Huitzilopochtli nació adulto, vestido de batalla, empuñando la serpiente de fuego, la Xiuhcóatl. Con un solo tajo fulminante, el dios solar decapitó a su hermana Coyolxauhqui y arrojó su cuerpo montaña abajo, desmembrándose en la caída, mientras perseguía y dispersaba a las estrellas del sur. Coatlicue contempló la masacre con horror y alivio, sabiendo que la luz del día acababa de nacer del dolor de su propio cuerpo roto.
La devoradora del final de los tiempos
A pesar de su papel como madre del sol, Coatlicue permanece en la penumbra de la tierra, esperando. No es una deidad a la que se acuda en busca de consuelo fácil. Se la venera con el entendimiento de que cada grano de maíz que alimenta a los hombres es un préstamo de su cuerpo, y que tarde o temprano, ella reclamará la deuda. Su presencia se siente en los terremotos que agrietan el suelo y en la quietud de las tumbas excavadas en la roca. Ella es la constante recordadora de que la vida y la muerte no son enemigas, sino las dos cabezas de la misma serpiente que se muerde la cola en el centro del universo.