Azrael
Azrael: El escriba del suspiro final
El recolector del barro primigenio
Mucho antes de convertirse en la sombra que aguarda al final de todo camino, este ser fue el único que se atrevió a descender a los abismos de la materia. Cuando el palacio celestial requería el polvo de las cuatro esquinas del mundo para moldear al primer hombre, la Tierra, intuyendo su trágico destino de desgaste y dolor, se negó a entregar su sustancia. Otros mensajeros retrocedieron ante el llanto del suelo, pero él no titubeó. Descendió con la determinación de la gravedad pura, hundió sus manos en la arcilla roja y extrajo la materia prima de la humanidad. Por haber demostrado que la piedad no debía interferir con el diseño cósmico, se le encomendó la tarea inversa: recibir cada porción de esa arcilla cuando el aliento divino decidiera abandonarla. Así, el recolector del origen se transformó en el custodio del retorno.
El libro de las hojas caídas
Su presencia es una arquitectura inconmensurable que desafía la geometría humana. Se despliega en miles de alas, y cada una de sus plumas está tachonada de ojos que nunca parpadean; cada ojo corresponde a un ser vivo en la creación. Su mirada vigila el latido de todo lo que respira, y posee tantas lenguas como almas caminan sobre la tierra, pronunciando en un susurro continuo los nombres de los vivos. Ante él se yergue un árbol de dimensiones infinitas, cuyas hojas llevan escritos los nombres de toda la humanidad. Cuando el tiempo de un mortal se agota, su hoja se marchita y cae del ramaje cósmico. El desprendimiento de esa hoja es la señal imperativa: el nombre es borrado del gran registro de la existencia con un trazo de tinta que parece noche líquida, y el mensajero parte de inmediato a reclamar lo que le pertenece.
La caricia y el desgarro
Su llegada no es idéntica para todos los hombres, pues él actúa como un espejo del alma que visita. Para aquellos que han transitado el sendero de la rectitud, se presenta con la suavidad de una brisa nocturna, mostrando una belleza indescriptible y serena. Ofrece una manzana del árbol de la vida o permite que el alma huela un perfume celestial, haciendo que el desprendimiento de la carne sea tan natural y libre de dolor como extraer un cabello de un cuenco de leche limpia. Pero para quienes sembraron la discordia y la tiranía, su rostro es una tormenta de espanto, un torbellino de rostros severos y garras de hierro que arrancan la fuerza vital como quien arrastra una rama espinosa a través de una lana húmeda. Él no juzga; simplemente ejecuta la transición con la precisión matemática del fin de los tiempos.