Ares
Ares: el aullido del bronce y la embriaguez de la sangre
El hijo del rencor celeste
Él es el fruto más amargo de la unión entre el rey y la reina del Olimpo, un dios nacido del orgullo herido y de la rivalidad constante entre sus padres. Desde su primer aliento, su pecho se llenó con una furia que no buscaba la justicia ni el orden, sino la destrucción pura. Su padre mismo lo despreciaba, declarando que de todos los habitantes del cielo, él era el más odioso por su amor insaciable a la discordia y a las carnicerías que tiñen de rojo los campos de los hombres. Su palacio no está construido sobre mármol luminoso, sino en las tierras frías y salvajes de Tracia, una región azotada por vientos helados donde los hombres viven por la espada y mueren bajo el cielo abierto. Allí habita entre el estruendo de las armas que chocan y los aullidos de sus compañeros de carro: Deimos, el terror que paraliza las rodillas; Fobos, el miedo que hace huir a los valientes; y Enió, la destructora de ciudades que se deleita en las ruinas humeantes. Su presencia es el sonido del hierro golpeando el hueso, el olor a sudor y carroña que flota sobre las trincheras, y el frenesí que se apodera del guerrero cuando pierde toda noción de humanidad.
El torbellino de hierro en el barro
Mientras otros dioses observan las batallas desde la distancia segura de las nubes, él desciende directamente al fango del combate. Su carro de guerra, tirado por cuatro sementales nacidos del viento del norte que escupen fuego por las narices, avanza aplastando los cuerpos de los caídos. El dios viste una armadura de bronce pulido que brilla con un color rojizo, como el hierro recién sacado de la fragua, y su escudo es tan pesado que su sombra aterroriza a ejércitos enteros antes de que comience la matanza. No le importa quién tiene la razón en una disputa, ni le interesan las fronteras de los reinos. Favorece a los que muestran más salvajismo y a los que se entregan por completo al deseo de matar. Su risa resuena en el grito de agonía de los moribundos y en el crujido de los escudos que se rompen bajo el impacto de las hachas. Es una fuerza de la naturaleza indomable y destructiva, pero carente de la disciplina que otorga la victoria duradera; es el fuego que consume todo a su paso pero que se apaga cuando no queda nada que quemar, dejando tras de sí solo cenizas y huérfanos.
El dios encadenado por el deseo y la astucia
A pesar de su inmensa fuerza y su armadura impenetrable, su naturaleza impulsiva lo convierte a menudo en blanco de la humillación de aquellos que poseen un intelecto más refinado o una destreza superior. Su hermana Atenea lo ha derribado en el campo de batalla más de una vez, arrojándole piedras colosales que su furia ciega no vio venir, demostrando que la fuerza sin juicio es solo un blanco fácil para la estrategia. Su episodio más célebre y ridículo ocurrió en los aposentos donde buscaba consuelo a su violencia en los brazos de Afrodita, la diosa de la belleza. El esposo legítimo de esta, el cojo Hefesto, enterado de la traición, forjó una red de hilos de bronce tan finos que eran invisibles a la vista, pero tan resistentes que ni el propio dios de la guerra podía romperlos. Cuando los amantes se unieron en el lecho, la trampa cayó sobre ellos, inmovilizándolos en una posición comprometida. Hefesto abrió las puertas del palacio y llamó a todos los dioses del Olimpo para que presenciaran su humillación. El dios del aullido de bronce, que hacía temblar a las naciones, se vio reducido a una fiera enjaulada, expuesto a las risas eternas del cielo, demostrando que la pasión y la violencia siempre terminan atrapadas en las redes de la astucia y el ingenio.